Este brote verde viene a reconstruir y, sobre todo, a aportar parte de lo derribado, algo que, después de años de enfrentamientos internos, era necesario para intentar recuperar el tiempo perdido desde 2019, cuando se produjo la fractura de un deporte que estaba en su brillante madurez.
Pero este brote no nos debe hacer olvidar todo lo marrón que queda, que lamentablemente no se puede achacar a la etapa de Rubiales, porque es posterior. Es cierto que necesitábamos agitar el árbol porque la tendencia del futsal era claramente descendente: los partidos eran poco atractivos; las retransmisiones, sosas; los pabellones tenían muchos asientos vacíos, y había un desencanto generalizado entre unas aficiones a las que se ha despreciado en los últimos años con Copas decididas en el último momento, cambios de fechas, precios desproporcionados o eliminación de abonos.
Muchas de estas situaciones se pueden solucionar sin tener una pócima secreta; solo hay que tener ganas de hacerlo (los medios los tienen con el presupuesto asignado) y oír a los protagonistas (clubes, jugadores y aficiones, principalmente), que son los principales actores e interesados en que este deporte crezca.
Pero no hemos empezado bien la nueva etapa, ya sin la LNFS. El Comité de la RFEF tiene buena voluntad (solo faltaría), pero creo que va dando pasos dubitativos, como un enfermo de la UCI que se levanta en medio de la noche y no sabe dónde está ni adónde se dirige.
Por poner un ejemplo, creo que el disparate de este verano con el tema de Málaga y su equipo es un error estratégico importante. Ahora mismo es casi imposible encontrar una persona como Manuel Heredia, que tenga medios económicos, que ame este deporte y que quiera invertir en una ciudad tan emblemática y necesaria como Málaga. Muchas veces la mejor norma es el sentido común y el mejor reglamento es aquel que beneficia a todo el colectivo. En el caso del Málaga F. S., no se ha aplicado ninguno de los dos.
Por eso quiero agradecer a Futsalia la posibilidad de seguir conectado a un deporte al que me enganché en 1978 y del que no he podido (ni querido) alejarme, a pesar de que, al igual que sucede cuando estás en el parqué, hay que dejar paso a los que son más jóvenes y, sobre todo, mejores.
Estoy deseando volver a ver la pista azul, seña de identidad de nuestro deporte (hasta eso quisieron cambiar), sin tonos marrones ni tan siquiera verdes, porque quiero que luzca como merece, con jugadores creativos sobre ella, entrenadores valientes en sus propuestas tácticas y pabellones llenos de aficionados que disfrutan con sus hijos de lo que están viendo.
Y espero contarlo desde esta columna.